¿Qué ha pasado entre Podemos y el Frente Amplio?

Pedro Sánchez anunció el 5 de octubre la disolución de las Cortes y el adelanto electoral, después de que el Congreso tumbara sus decretos sobre vivienda. Desde entonces, el espacio a la izquierda del PSOE tenía once días para decidir si concurría unido. No lo ha hecho. Según la información de EFE recogida por El Cronista, la última oferta del Frente Amplio incluía un puesto prioritario en las listas de Madrid y Cataluña, además de derechos dentro de la coalición, recursos y participación en las decisiones. Podemos contestó con una propuesta de acuerdos territoriales que excluía precisamente Madrid y Cataluña. El Frente Amplio resumió su versión en un comunicado: «Somos 15 organizaciones. Queríamos ser 16. Una no ha querido».

Podemos da otra explicación. Irene Montero, ya candidata tras unas primarias con más de 25.000 participantes, dijo según elDiario.es que el obstáculo no eran los puestos, sino que llevan «años teniendo discrepancias serias», que son «muy críticos» con la forma de gobernar del Frente Amplio y con su cercanía al PSOE, y que la única manera de resolverlo era con primarias. También reprochó, según Demócrata, que el Frente Amplio priorizara una lista conjunta con el PSOE para el Senado, llamada «Senado de progreso», frente a acuerdos autonómicos con Podemos que daba por muy avanzados. Podemos sostiene además que IU bloqueó su entrada en las coaliciones que Movimiento Sumar había pactado con Chunta en Aragón y con Més en Baleares. Esa acusación es de Podemos y no la he visto confirmada por las otras partes.

Ione Belarra defendió el «tándem» de Montero con Gabriel Rufián: Podemos irá en las listas de ERC en Cataluña como independientes y ambos harán campaña juntos en el resto de España. Y el propio Rufián pidió disculpas el viernes por lo que llamó un «espectáculo dantesco». Al final solo habrá papeleta común en la Comunidad Valenciana, con una candidatura encabezada por Compromís, y en Canarias, con Unidad del Pueblo Canario.

Leídas las dos versiones, cada parte tiene un relato coherente para su electorado: unos ofrecieron un sitio y no se aceptó, los otros pedían primarias y un proyecto distinto. Para quien vota, el resultado es el mismo. Dos papeletas que se parecen mucho compiten por el mismo voto en un sistema que castiga esa competencia.

¿Qué consecuencias puede tener la división en las elecciones del 29N?

El Congreso se reparte por provincias con el método D'Hondt. En las circunscripciones pequeñas, como Huesca o Teruel, que eligen tres diputados cada una, hace falta una porción muy alta del voto para obtener el último escaño. Un partido con un 5 % en una provincia de tres escaños no saca nada, y dos partidos con un 5 % cada uno, tampoco. Juntos, con un 10 %, siguen lejos en esas provincias, pero empiezan a competir en las medianas y grandes. La división no resta votos en el recuento. Lo que hace es que muchos de esos votos no se conviertan en escaños.

La encuesta de 40dB para El País y la Cadena SER, publicada el 9 de octubre, lo cuantifica en dos escenarios. Por separado, el espacio del Frente Amplio rondaría el 5,3 % y Podemos el 2,3 %, con entre 7 y 9 escaños entre ambos. Juntos, con un 9,5 %, obtendrían entre 15 y 19. Otros sondeos dan cifras distintas, como el CIS de octubre, con un 6,1 % para el Frente Amplio y un 3,1 % para Podemos. Son encuestas hechas antes de cerrarse las coaliciones y con muestras pequeñas, así que conviene leerlas como una dirección y no como un resultado.

En el Senado el efecto es todavía mayor, porque en cada provincia se eligen cuatro senadores y cada votante marca un máximo de tres, un sistema muy mayoritario. Ahí el Frente Amplio ha optado por la lista conjunta con el PSOE y Podemos competirá en solitario, con pocas opciones de obtener representación salvo en sus alianzas territoriales.

La encuesta de 40dB añade un matiz que no conviene olvidar: incluso en el escenario unido, PP y Vox seguirían por encima de la mayoría absoluta. La unidad cambiaría el reparto de escaños dentro de la izquierda y el tamaño de su derrota o su victoria, pero por sí sola no da la vuelta a esa estimación.

¿Por qué sumar no siempre suma? El precedente de 2016

Quien defiende ir por separado tiene un argumento real, y la historia reciente lo respalda. En diciembre de 2015, Podemos con sus confluencias sacó 5.212.711 votos y 69 escaños, y Unidad Popular-IU, 926.783 votos y solo 2 escaños, según los resultados de aquellas generales. IU necesitó unas seis veces más votos por escaño que Podemos, que es el castigo del sistema a la fragmentación en estado puro.

Seis meses después, en junio de 2016, fueron juntos como Unidos Podemos y obtuvieron 5.087.538 votos y 71 escaños, según los resultados de 2016. Obtuvieron los mismos 71 escaños que habían sumado por separado, pero se dejaron por el camino algo más de un millón de votos respecto a la suma de 2015. Parte del electorado de cada marca no aceptó la nueva. La aritmética de la coalición funcionó a medias y la de los votantes no funcionó.

Aragón ofrece un ejemplo todavía más reciente. En las autonómicas del 8 de febrero de 2026, según los resultados, la izquierda fue por separado: Chunta pasó de tres a seis diputados con un 9,74 %, IU con Movimiento Sumar mantuvo su único escaño con un 2,97 % y Podemos, con un 0,97 %, se quedó fuera de las Cortes. Ir solo no castigó a la fuerza que tenía una identidad territorial clara y un discurso reconocible. Castigó a las marcas estatales que llegaban desgastadas por su propia pelea.

La lección que saco de ambos casos es que una coalición es una suma de siglas solo en el papel. Para los votantes tiene que ser algo con sentido propio. Cuando se percibe como un acuerdo de supervivencia entre organizaciones que no se soportan, una parte del electorado se queda en casa o cambia de papeleta.

¿Por qué la izquierda se divide históricamente aunque se parezca tanto?

Hay una escena de La vida de Brian (1979), de los Monty Python, que lo resume mejor que muchos ensayos. Brian pregunta a un grupo de rebeldes si son el Frente Judaico Popular, y ellos le corrigen ofendidos: son el Frente Popular de Judea. Al Frente Judaico Popular lo odian más que a los romanos, que son quienes ocupan el país. Y al fondo de la grada hay un único militante de otro frente, que se sienta solo. La broma tiene más de cuarenta años y se sigue citando cada vez que la izquierda se rompe, porque describe con exactitud el fenómeno: organizaciones casi idénticas que se dedican más energía entre ellas que al adversario que dicen combatir.

La ironía española está en los nombres. Izquierda Unida nació en 1986 para reunir a varias organizaciones. Después llegaron Unidos Podemos, Unidas Podemos, Sumar y ahora el Frente Amplio. Casi todas las marcas de este espacio prometen unidad en el propio nombre, y casi todas han acabado conviviendo con escisiones, salidas o candidaturas rivales. Cuando una marca necesita anunciar en su nombre lo que pretende ser, suele ser porque no lo es todavía. Desde la comunicación, eso tiene un coste: cada nueva ruptura desmiente la promesa de la etiqueta y refuerza el estereotipo que la escena de Brian convirtió en chiste.

La pregunta de por qué ocurre tiene respuestas desde varias disciplinas, y ninguna basta sola. Las ordeno de la más psicológica a la más institucional.

El narcisismo de las pequeñas diferencias

Sigmund Freud usó esa expresión en El malestar en la cultura (1930) para describir por qué los grupos más próximos son los que más se enfrentan entre sí: vecinos, pueblos colindantes, comunidades casi idénticas. Lo cercano amenaza la identidad propia más que lo lejano. Aplicado a la izquierda, explica la dureza con la que se discuten matices que para el votante medio son casi invisibles.

La identidad social y la competencia por el mismo votante

La teoría de la identidad social de Henri Tajfel y John Turner (1979) sostiene que un grupo construye su autoestima diferenciándose de los grupos con los que se compara, y se compara sobre todo con los parecidos. Si se le añade el modelo espacial de Anthony Downs (1957), en el que los partidos compiten por los votantes que tienen más cerca, el resultado es incómodo: el principal rival electoral de un partido de izquierdas pequeño no es la derecha, que no le disputa votos, sino el partido de al lado, que le disputa todos.

Más líneas de fractura de las que parece

Seymour Lipset y Stein Rokkan (1967) explicaron los sistemas de partidos a partir de las líneas de conflicto de cada sociedad. El espacio a la izquierda del PSOE acumula varias a la vez: la territorial, que separa a formaciones estatales de otras como ERC, Compromís o Chunta; la que enfrenta prioridades materiales con prioridades posmateriales, como el ecologismo o los derechos civiles, en la línea que estudió Ronald Inglehart; y, sobre todo en esta legislatura, la relación con el PSOE. Lo que hoy separa a Podemos del Frente Amplio tiene más que ver con la distancia que cada uno quiere mantener respecto al Gobierno del que formaron parte que con el programa.

Votos, cargos o políticas

Kaare Strøm (1990) propuso que los partidos persiguen tres objetivos que a veces chocan: maximizar votos, ocupar cargos e influir en las políticas. Una coalición obliga a repartir cargos y a renunciar a parte del perfil propio a cambio de más votos convertidos en escaños. Para un partido que cree que su valor está en su independencia, como dice Podemos respecto al PSOE, ese intercambio sale caro aunque las encuestas digan lo contrario.

Las organizaciones también quieren sobrevivir

Robert Michels describió en 1911 la «ley de hierro de la oligarquía»: toda organización acaba generando una élite con intereses propios, el primero de ellos seguir existiendo. Angelo Panebianco (1982) añadió que el modo en que nace un partido marca su comportamiento durante décadas. Un partido nacido alrededor de un liderazgo fuerte y de un movimiento, como Podemos tras el 15M, tiende a proteger su marca y a sus dirigentes. Un partido con estructura histórica, como IU, protege su organización. Fusionarse amenaza a ambas cosas a la vez.

Lo que dice la ciencia política electoral

Maurice Duverger (1951) distinguió dos efectos de los sistemas electorales. El mecánico, por el que los partidos pequeños obtienen menos escaños de los que les corresponderían, y el psicológico, por el que los votantes acaban abandonándolos para no desperdiciar el voto. Gary Cox (1997) mostró que la coordinación entre élites y votantes no es automática: ocurre cuando el castigo del sistema es claro y lo que está en juego se percibe como alto. Es decir, la unidad suele llegar tarde, cuando el coste de no unirse ya es evidente.

¿Qué enseñan los casos históricos de división y unidad?

España, 1933. Republicanos de izquierda y socialistas, que habían ido juntos en 1931, se presentaron por separado con un sistema electoral que premiaba a las coaliciones. La derecha concurrió unida y la CEDA se convirtió en la primera minoría. El historiador Julián Casanova atribuye el resultado, sobre todo, a que la izquierda fue dividida y la derecha unida, según recoge la síntesis de aquellas elecciones. En febrero de 1936 esas mismas fuerzas formaron el Frente Popular con un programa común y ganaron.

Alemania, 1932. En las elecciones de noviembre, socialdemócratas y comunistas sumaron en torno al 37,3 % del voto y 221 escaños, por encima del 33,1 % y los 196 escaños del partido nazi, según los resultados oficiales. El Partido Comunista seguía entonces la línea que calificaba a los socialdemócratas de «socialfascistas», y la cooperación entre ambos fue imposible. Es el caso extremo que se cita en cualquier manual de historia política sobre el coste de la división.

Francia, 2002. Lionel Jospin quedó tercero en la primera vuelta de las presidenciales con un 16,18 %, por detrás de Jean-Marie Le Pen con un 16,86 %, según los resultados. Ese mismo día, otros siete candidatos de izquierdas sumaron más del 26 %, varios de ellos con la idea de apoyar a Jospin en la segunda vuelta. La segunda vuelta no llegó para él.

Francia, 2024. El caso contrario. El Nuevo Frente Popular se formó el 10 de junio, en cuestión de días, con fuerzas que llevaban años enfrentadas, y fue el bloque con más escaños en las legislativas. La amenaza percibida, en ese caso la posibilidad de un gobierno de extrema derecha, produjo la coordinación que Cox describe. Que después la convivencia fuera difícil no anula el resultado electoral.

En España hay un capítulo más reciente. En diciembre de 2023, los cinco diputados de Podemos elegidos en las listas de Sumar abandonaron su grupo parlamentario y pasaron al Grupo Mixto, según El Salto. La ruptura de octubre de 2026 es, en buena medida, la continuación de esa.

¿Cómo ha perjudicado la comunicación a los votantes de la izquierda?

Aquí entra mi campo. Mi impresión es que la izquierda no paga solo su división, también la forma en que la ha contado. Veo cinco errores que se repiten.

Negociar en público

Cartas, plazos, filtraciones y comunicados a medianoche. Los estudios sobre encuadre informativo de Holli Semetko y Patti Valkenburg (2000) identificaron el encuadre de conflicto y el de atribución de responsabilidad como dos de los más frecuentes en la información política. Una negociación retransmitida alimenta ambos: la noticia deja de ser qué proponen y pasa a ser quién ha roto. El votante recibe semanas de pelea y ningún motivo para ilusionarse.

Atacar al vecino más que al adversario

La investigación sobre polarización afectiva, con Shanto Iyengar y sus colaboradores (2012) como referencia, muestra que el rechazo al grupo rival pesa cada vez más que la adhesión al propio. En las redes ese mecanismo se acelera: un estudio de William Brady y otros en PNAS (2017) encontró que cada palabra de contenido moral y emocional en un mensaje político aumentaba su difusión en torno a un 20 %. Un reproche al socio cercano, cargado de palabras como «traición» o «veto», circula mucho más que una propuesta de vivienda. El problema es que se difunde sobre todo entre los votantes de ambos partidos, que son quienes acaban desmovilizados.

Hablar de sí mismos

Las elecciones se adelantaron tras la derrota de unos decretos de vivienda, un asunto que afecta a millones de personas, y la conversación de la izquierda en las dos semanas siguientes ha girado sobre puestos en listas, primarias y siglas. Es comunicación autorreferencial: interesa a los militantes y aleja al resto.

Cambiar de marca en cada ciclo

Podemos, Unidos Podemos, Unidas Podemos, Sumar, Frente Amplio. Cada nombre nuevo tiene su lógica interna, pero para el votante es una marca que hay que volver a aprender. En marketing es bien conocido que una marca acumula confianza con el tiempo. Renombrarla cada dos años es renunciar a ese capital.

Regalar el argumento del voto útil

Cuando dos partidos cercanos dedican la precampaña a explicar por qué no pueden ponerse de acuerdo, le dan al partido grande del bloque el mejor argumento posible: si queréis que vuestro voto cuente, votadnos a nosotros. Es el efecto psicológico de Duverger alimentado por los propios afectados.

¿Qué haría un estratega de comunicación en este escenario?

Lo que sigue no es una recomendación de voto ni una toma de partido. Es lo que haría, desde la comunicación política, cualquiera de los dos espacios si su objetivo fuera perder lo menos posible a pesar de ir por separado.

  1. Cerrar la ruptura con un único mensaje y no volver sobre ella. Cada declaración sobre quién tuvo la culpa reabre el ciclo informativo del conflicto.
  2. Competir en propuestas y no en reproches. La diferenciación positiva («esto es lo que haríamos nosotros») suma; la negativa contra el vecino resta a los dos.
  3. Acordar, aunque sea de forma tácita, un pacto de no agresión durante la campaña. La teoría de Cox apunta a que la coordinación puede ser informal y seguir siendo útil.
  4. Elegir un asunto material y quedarse en él. La vivienda, que fue el detonante del adelanto, es el candidato evidente.
  5. Hablar a los abstencionistas y no a los militantes del otro. El votante que ya ha decidido entre uno y otro está perdido o ganado; el que duda entre votar y quedarse en casa es el que decide los escaños.
  6. Medir. Contar qué parte de los mensajes de campaña se dirige al rival del propio bloque. Si supera a la que se dirige al adversario principal, la estrategia está fallando.

Para cualquier organización, política o no, la lección es aplicable: los conflictos internos que se gestionan en público se convierten en la noticia, y la noticia sustituye al mensaje. Hablo de cómo gestionar esos momentos en comunicación de crisis en redes sociales, y de cómo la cercanía y la autenticidad pesan en política en el auge del yapping político.

¿Puede la izquierda superar el narcisismo de las pequeñas diferencias?

Los casos de 1936 y 2024 sugieren que sí, pero bajo dos condiciones que hoy no se dan del todo. La primera, una amenaza percibida como lo bastante grave para que el coste de la división supere al de ceder. La segunda, algo que unir más allá de las listas: en 1936 fue un programa común. Sin eso, una coalición es lo que fue en 2016, una suma de siglas que una parte de los votantes no reconoce.

Creo que la división de la izquierda española es menos ideológica de lo que parece y más organizativa y comunicativa de lo que se admite. Los programas se parecen. Lo que no se parece es cómo se ven a sí mismos ni la forma en que se han hablado durante años. El 29 de noviembre dirá cuánto cuesta esa forma de hablarse, y cada fuerza tendrá un relato preparado para explicar el resultado. Lo difícil será encontrar uno que convenza a quien se quedó en casa.