¿De qué hablamos cuando hablamos de la caída de los influencers?
En agosto de 2026, la expresión caída de los influencers ha vuelto a ocupar las conversaciones en redes y medios. El debate parte de un cansancio reconocible: perfiles que empezaron compartiendo una afición, una experiencia o una mirada personal y que hoy encadenan códigos de descuento, viajes patrocinados, productos indistinguibles y vídeos que apenas contienen una pose. Los artículos de El País, Marca, AS y Trendencias describen esa reacción desde ángulos distintos.
Conviene no llamar burbuja a todo. El marketing de influencia no se está desmoronando en términos de actividad. El último estudio de IAB Spain y Primetag analiza 154 millones de contenidos publicados en Instagram y TikTok durante 2025. El sector tiene estructura, agencias, tarifas y presupuesto. Lo que se está agotando es una promesa: que tener audiencia equivale automáticamente a ser creíble, útil o prescriptor.
La diferencia es importante para una marca. Si interpreta el debate como una moda pasajera, seguirá contratando alcance barato y llamándolo estrategia. Si entiende que la relación con la audiencia ha cambiado, podrá aprovechar la parte que aún funciona: creadores con conocimiento, comunidad y una voz que no desaparece cuando no hay campaña.
¿Qué ha desatado el boicot a los influencers?
La conversación no se ha encendido por un informe de mercado ni por un cambio de algoritmo. Se ha encendido por acumulación de vídeos concretos. Declaraciones que circularon durante días, se comentaron en programas de televisión y acabaron generando oleadas de bajas coordinadas, listas de cuentas que dejar de seguir y una palabra que ya se usa sin comillas: boicot.
Los casos que más se difundieron comparten un rasgo de fondo, aunque fallen por motivos distintos. Una creadora hablando con naturalidad de sus tres meses de vacaciones ante una audiencia que encadena jornadas y llega justa a fin de mes. Un creador sosteniendo ante cientos de miles de personas que el eclipse solar había sido un montaje para desviar la atención de otros asuntos. Ninguno de los dos vídeos era publicidad. Y, sin embargo, hicieron más por la desafección del público que cualquier campaña mal identificada.
Conviene separar los dos fallos, porque no son equivalentes. El primero es de desconexión: la distancia entre la vida que se muestra y la vida de quien mira se vuelve tan evidente que la cercanía, que era justo el activo que sostenía la relación, deja de resultar creíble. Nadie exige a un creador que renuncie a lo que gana. Se le pide que sepa desde dónde habla cuando se dirige a millones de personas.
El segundo es más grave, porque ya no es una cuestión de tacto sino de desinformación. Afirmar ante una audiencia masiva que un fenómeno astronómico previsible al segundo, anunciado con años de antelación y explicado por cualquier organismo científico, es en realidad una maniobra de distracción no es una opinión discutible. Es difundir algo falso entre gente que te cree precisamente porque confía en ti. Como analicé al hablar del eclipse y la economía de la atención, un acontecimiento capaz de concentrar todas las miradas es también una oportunidad para quien busca visibilidad rápida a cualquier precio.
El elemento común, y el que debería inquietar a cualquier marca, es la escala. Hablamos de cuentas seguidas por cientos de miles o millones de personas, muchas de ellas jóvenes que consumen ahí buena parte de la información con la que se forman una opinión del mundo. Esa dimensión convierte a un creador en un medio de comunicación de hecho. La diferencia es que un medio tiene, o debería tener, rutinas de verificación, mecanismos de corrección y alguien que responde cuando se equivoca. Un perfil personal no tiene ninguna de las tres cosas y, aun así, llega a más gente que muchos periódicos.
Ahí está el fondo del asunto, y el motivo por el que este debate importa más allá del comentario del día. Durante años se ha vendido la influencia como un canal publicitario cómodo y barato, sin asumir que quien acumula audiencia acumula también responsabilidad sobre lo que dice cuando la cámara sigue encendida y ya no hay marca detrás. El boicot no es un ataque contra una profesión. Es una audiencia recordando que la atención que presta viene con condiciones.
¿Por qué la audiencia ha perdido la paciencia?
Las audiencias no se han vuelto ingenuas ni han dejado de disfrutar de contenidos ligeros. Han visto demasiadas veces el mismo mecanismo: una vida aparentemente espontánea que resulta estar financiada por marcas, un producto recomendado con entusiasmo idéntico al de la semana anterior o un vídeo diseñado para retener dos segundos sin aportar una idea, una habilidad, una opinión razonada o una experiencia que pueda servir a alguien.
El problema no es bailar, posar o entretener. Es pretender que cualquier gesto merece la confianza que antes se reservaba para una recomendación. Un vídeo de pocos segundos puede ser excelente si tiene humor, oficio, información o una mirada propia. Si solo ocupa espacio en el feed y se repite porque el algoritmo lo premia, genera volumen, no relación.
La publicidad poco visible empeora esa sensación. El Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 comunicó en junio de 2026 que un barrido internacional coordinado por ICPEN detectó que cuatro de cada cinco influencers analizados no identificaban correctamente el contenido comercial. No es un detalle legal sin consecuencias de comunicación. Cuando el público descubre que no sabía cuándo le hablaba una persona y cuándo una marca, el daño alcanza a ambas.
En España, el nuevo Código de Conducta de publicidad a través de influencers, promovido por AEA, AUTOCONTROL e IAB Spain, refuerza precisamente esa exigencia de identificación clara. La transparencia no convierte una mala colaboración en buena, pero evita que la campaña empiece con una trampa.
¿Cuál es la paradoja de la influencia?
La influencia digital nació de una intuición sencilla: una persona que comparte de forma sostenida un interés puede generar una relación de cercanía con quienes la siguen. Esa cercanía hace que una recomendación parezca menos intrusiva que un anuncio. Pero cuanto más rentable se vuelve esa relación, más fácil es deteriorar el motivo por el que existía.
Ese vínculo tiene nombre en los estudios de comunicación: relación parasocial. Describe la sensación de conocer a alguien que en realidad no nos conoce, y explica por qué una recomendación en redes pesa más que un anuncio en televisión. También explica por qué su ruptura escuece tanto: cuando el público descubre que lo que parecía confianza era un espacio publicitario, no reacciona como ante una marca que le decepciona, sino como ante alguien que le ha fallado. Es una diferencia importante, porque ese tipo de decepción no se corrige con más presupuesto.
Ahí está la paradoja. Para captar más campañas, algunos perfiles aceptan más productos. Para justificar esas campañas, publican más contenido comercial. Y cuanto más visible es la transacción, menos natural resulta la recomendación que sostenía el negocio. La cuenta gana alcance, pero pierde el margen de credibilidad que convertía ese alcance en influencia.
Un seguidor no es un cliente potencial por defecto. Y una visualización no es una transferencia de confianza.
La investigación académica también describe ese punto de fricción. Un trabajo de Stela Ago y Alexandre Duarte sobre el paso de la confianza al escepticismo identifica la comercialización, la saturación y la conciencia crítica de los consumidores como factores que ponen a prueba el modelo. Sus conclusiones no hablan de desaparición, sino de un momento decisivo: autenticidad, transparencia, coherencia con la marca y autonomía creativa dejan de ser palabras decorativas.
También explica por qué una etiqueta de "contenido auténtico" no basta. La autenticidad no es una estética de luz natural, una confesión calculada o enseñar el salón de casa. Se reconoce por la continuidad entre lo que alguien hace, sabe, recomienda y acepta promocionar. Cuando esa continuidad se rompe cada tres publicaciones, el público lo nota.
¿Es una burbuja de influencers o una corrección necesaria?
Hay una burbuja cuando un activo se valora por expectativas que no puede sostener. En una parte del mercado de influencers ha ocurrido algo parecido: las marcas han pagado por una cifra de seguidores como si resumiera reputación, afinidad, capacidad de producción y resultado comercial. No los resume. Ni siquiera garantiza que esas personas estén activas, vivan en el mercado relevante o presten atención.
Pero la explicación más incómoda no está en la audiencia, sino en la aritmética del propio mercado. Los 285.000 perfiles activos que contabiliza ese mismo estudio no aparecieron de golpe, y su número ha crecido mucho más deprisa que el presupuesto que las marcas reparten entre ellos. Cuando la oferta se multiplica y la demanda avanza de forma ordenada, ocurre lo previsible: baja el precio por colaboración y cada creador necesita firmar más acuerdos para sostener el mismo ingreso.
Ese es el mecanismo real detrás de la saturación. La sucesión de promociones que agota al público no es únicamente un problema de codicia individual: es la consecuencia aritmética de un mercado sobrepoblado donde mantenerse exige publicar más publicidad que hace cinco años. El sistema empuja precisamente hacia el comportamiento que destruye la confianza sobre la que se sostiene. Una burbuja no necesita mala fe para inflarse.
Sin embargo, hablar de un estallido que se lo lleve todo por delante tampoco describe bien la situación. El informe europeo de Kolsquare y NewtonX, basado en más de 600 responsables de decisión, indica que el 86% ya trabaja con microinfluencers y que casi ocho de cada diez marcas prevé ampliar el número de creadores con los que colabora. También señala un giro revelador: el 69% prioriza el cumplimiento de las normas publicitarias al seleccionar perfiles.
Eso no es una retirada. Es una selección más exigente, que es exactamente lo que suele ocurrir cuando un mercado con exceso de oferta empieza a distinguir. Parte de la inversión se moverá de la celebridad de internet a comunidades más pequeñas, a acuerdos de largo plazo, a contenido reutilizable y a creadores que saben hacer algo más que aparecer. Para una empresa local, un especialista creíble en gastronomía, deporte, arquitectura, salud o cultura de su ciudad puede tener más sentido que una cuenta masiva cuyo público ni está cerca ni comparte el problema que el negocio resuelve.
¿Qué pasa cuando la inteligencia artificial genera ese mismo contenido?
Hay una pregunta que el debate actual apenas plantea, y que conviene hacerse antes de firmar la próxima colaboración. Si una parte relevante del contenido consiste en una persona atractiva sosteniendo un producto durante cinco segundos con una música de moda de fondo, esa pieza ya puede generarse sin persona, sin rodaje y sin negociación.
Los avatares generados, las voces sintéticas y los modelos capaces de producir decenas de variantes de un mismo anuncio han dejado de ser una curiosidad. No hace falta creer que el público los aceptará con naturalidad para entender el efecto: cuando existe un sustituto casi gratuito para un tipo de contenido, el precio de ese contenido deja de sostenerse. Y la sobreoferta descrita en el apartado anterior ya estaba presionando en la misma dirección.
Conviene precisar algo, porque aquí se simplifica mucho: la inteligencia artificial no amenaza a todos los creadores por igual. Amenaza con bastante precisión a la franja que este artículo viene describiendo, la que no aporta criterio, conocimiento ni comunidad. Un modelo puede replicar una estética, un encuadre, una voz agradable y un guion de quince palabras. No puede haber usado el producto durante seis meses, responder en los comentarios a quien discrepa, sostener una reputación profesional que perder ni conocer un sector desde dentro.
La IA no provoca la caída de los influencers. Le pone suelo: todo lo que una máquina pueda generar dejará de tener valor de mercado.
Visto así, la conclusión resulta menos catastrofista y más exigente. Lo que va a diferenciar a un creador en los próximos años es justo lo que nunca fue automatizable, y que en muchos casos se había abandonado por perseguir formatos rápidos. Es la misma lógica que ya opera en otras profesiones: como explicaba al hablar de IA y productividad, la herramienta no sustituye a quien tiene criterio, sustituye a quien solo ejecutaba.
¿Qué representan hoy los influencers para las marcas?
Un influencer no debería ser una valla publicitaria con cara. Puede aportar tres cosas que una marca no compra solo con anuncios: contexto cultural, capacidad de traducir un producto a un lenguaje concreto y acceso a una conversación donde la empresa todavía no tiene permiso para entrar. Pero esas tres cosas se pierden si la colaboración se limita a repetir un briefing.
La pregunta útil deja de ser "¿cuántos seguidores tiene?" y pasa a ser "¿por qué su audiencia le escucha cuando habla de esto?". Hay perfiles cuya capacidad de prescripción nace de una profesión, una práctica constante, un archivo de trabajo, una experiencia territorial o un criterio reconocible. Hay otros que sostienen la atención exclusivamente sobre su vida privada o su apariencia. Ambos pueden generar reproducciones. No ofrecen el mismo valor a una organización.
Para la comunicación de marca, la diferencia es aún mayor. Una campaña puede necesitar notoriedad rápida, sí, pero también necesita materiales que la empresa pueda reutilizar, una forma de explicar el producto sin clichés y un entorno seguro para su reputación. La colaboración debe construir comunicación propia, no reducirse a alquilar una audiencia durante 24 horas.
Antes de pagar por una colaboración, una marca debería poder responder a esto
- ¿Qué experiencia, criterio o comunidad hace relevante a esta persona para nuestro producto?
- ¿Sus publicaciones no patrocinadas se parecen al contenido que nos propone?
- ¿Puede explicar, probar o situar lo que vendemos sin repetir un guion vacío?
- ¿Cómo identifica la publicidad y cómo conversa cuando alguien discrepa?
- ¿Podría generarse una pieza equivalente sin esa persona? Si la respuesta es sí, no estamos pagando por influencia.
- ¿Qué resultado mediremos además de reproducciones: visitas cualificadas, consultas, ventas, pruebas, contenido reutilizable o recuerdo?
La responsabilidad no termina en el creador
El resultado del barrido de ICPEN suele leerse como un problema del influencer. Para la empresa que contrata, no lo es. El anunciante encarga el mensaje, lo aprueba y se beneficia de él, de modo que comparte la exposición legal y reputacional cuando esa pieza no queda claramente identificada como comercial. El Código de Conducta impulsado por AEA, AUTOCONTROL e IAB Spain parte precisamente de esa premisa.
La consecuencia práctica es sencilla y ahorra disgustos: acordar por escrito cómo se identificará cada pieza, revisarla antes de su publicación y conservar constancia de lo aprobado. No es burocracia añadida. Es lo que separa una colaboración de un riesgo asumido sin saberlo.
¿Cómo deberían enfocar las marcas su relación con los creadores?
La respuesta no es abandonar a todos los influencers ni convertir cada colaboración en un contrato imposible. Es tratar la influencia como una parte de la estrategia de gestión de redes sociales, no como un atajo separado de la marca. Eso implica conocer al público, definir qué conversación interesa abrir, elegir una voz que encaje y decidir cómo se evaluará el trabajo después.
Las empresas ganan cuando dan margen para que la persona traduzca el mensaje a su lenguaje, pero no cuando se desentienden. Deben acordar con claridad la naturaleza publicitaria de la pieza, los mensajes irrenunciables, los límites de reputación, la entrega de materiales y los derechos de uso. También necesitan revisar comentarios y respuestas. A veces la conversación que genera una publicación explica más sobre una marca que la cifra de alcance.
Conviene además mirar hacia dónde se desplaza la atención que abandona esos perfiles, porque no desaparece. Se reparte entre formatos que exigen más tiempo y prometen menos espectáculo: conversaciones largas, pódcast, boletines, comunidades pequeñas y profesionales que explican su oficio sin prisa. Es la reacción lógica tras años de contenido diseñado para retener segundos. Quien se cansa del ruido no apaga el móvil, busca algo que le compense el rato. Para una empresa, eso significa que una serie de vídeos que enseñe de verdad cómo se hace algo puede construir más autoridad que veinte publicaciones patrocinadas.
Y hay una idea que conviene recuperar: la mejor estrategia de influencia puede empezar dentro de la propia empresa. Clientes satisfechos, profesionales del equipo, colaboradores, asistentes a un evento o expertos del sector pueden convertirse en prescriptores más creíbles que una cuenta elegida solo por tamaño. Para hacerlo bien hace falta contenido de calidad para redes sociales, experiencia real que compartir y tiempo para construir una comunidad. Es menos inmediato que contratar una publicación, pero más difícil de falsificar. Y, a diferencia del alcance alquilado, no se evapora cuando termina la campaña.
La caída que deberían tomar en serio las marcas
La discusión actual no debería servir para celebrar que a determinados perfiles les vaya peor ni para despreciar un oficio que también requiere trabajo. Debería obligarnos a revisar qué hemos llamado influencia durante años. Si una persona solo puede mantener la atención mostrando compras, bailando frente a una cámara o encadenando promociones, su valor para una marca depende de una paciencia ajena que puede acabarse muy rápido.
Las marcas no necesitan más ruido ni más rostros intercambiables. Entre otras cosas, porque los rostros intercambiables han dejado de ser escasos y pronto dejarán de ser caros. Necesitan personas capaces de dar sentido a algo: alguien que conoce un sector, que prueba de verdad, que hace preguntas, que tiene una comunidad o que cuenta una historia sin parecer una versión más de la misma campaña. Ese es el tipo de contenido que no solo se ve. Se recuerda, se guarda y se recomienda.
La influencia útil no se compra
por número de seguidores.
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